/   ISSN 1607-6389
Actualizado: Dom, 22 Oct 2017 - 15:40

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#HastaSiempreComandante
Las líneas que nunca quise escribir

Fidel durante el VII Congreso del PCCNo te cansaste de prepararnos para este momento. La última vez que lo dijiste fue en el VII Congreso del Partido: "Tal vez sea la última vez que hable en esta sala”. Y aunque en aquella ocasión preferí hacer como otras tantas veces y espantar de un solo manotazo el pensamiento; reconozco que la posibilidad real del hecho me golpeó tanto como al Che, cuando le preguntaron en casa de Maria Antonia a quién se debía avisar en caso de muerte.

Jamás negué la realidad. Pero confieso que siempre albergué la esperanza de que el hombre que había obrado tantos milagros, bien podría obrar uno más y escapar de eso que llaman “la ley de la vida”.
Pero como la vida a veces suele ser una cabrona, estas son las líneas que jamás quise escribir:
Hoy trato inútilmente de recordar cuándo aprendí a quererlo. No consigo precisar si fue en la escuela, o a través de las historias de mi abuela sobre aquella especie de ángel justiciero que les arrebataba el dinero a los ricos para repartirlos entre los pobres.
Nunca conseguí verlo solo como al presidente del país, pues a los presidentes de los países no se les suele buscar un lugarcito en el altar al lado de la Virgen de la Caridad del Cobre, ni se les pide salud los fines de año, como a un miembro más de la familia, ni se le encienden velas “para que le de claridad ante los americanos”, como decía mi abuelita; la principal causante de que yo lo convirtiera en mi propio Robin Hood, desde que tenía cinco años.
Tal vez por eso el fidelismo sea en mí una religión sin fecha fija de bautismo. Una fe profesada y compartida hasta por quienes tal vez nunca lleguen a entender del todo qué hacía el hijo del hacendado de Birán, el abogado de los Castro, el heredero del patrimonio creado por Ángel y Lina, haciendo una Revolución para los pobres de la tierra, con quienes quiso su suerte definitivamente echar.
No sé tampoco a quién le escuché decir por vez primera, “tal cosa anda mal porque Fidel no lo sabe” o “a Fidel no le han contado eso”, como si fuera el ángel de la guarda de todos los cubanos, o “de esta Fidel nos saca”, cuando apenas había para comer o para alumbrarse.
Por eso cuando una llamada me arrebató el sueño de la madrugada para darme la noticia para la cual jamás me preparé, salí al balcón a coger aire, y también a hacer eso que dicen que no hacemos los hombres, justo antes de sentarme a escribir la crónica que jamás pensé escribir, y que debía terminar más o menos así:
Embarca nuevamente en el Granma, Comandante, y haz el viaje que tengas que hacer. Navega contracorriente, como te gusta. Ah, y no te preocupes por nosotros. Después de todo, las cosas por acá abajo no cambiarán mucho: tú para nosotros seguirás vivo, y yo te seguiré queriendo.

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