/   ISSN 1607-6389
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21 de septiembre de 2002
“Hoy tu dolor es mío”

Fotos: Juan GonzálezLe confiesa desde su injusto cautiverio Ramón Labañino a Nancy Pavón, una de las víctimas de la agresión mercenaria a Boca de Samá.

Poco pudo usar Nancy sus zapatos de tacones de joven quinceañera o las sandalias de dedos afuera, caminar por sobre los arrecifes de la costa que la vio nacer, y mucho menos correr por el campo, como era antes su costumbre. A los tres meses exactos de arribar a la edad más anhelada por cualquier señorita fueron truncados muchos de sus sueños, sueños de doncella enamorada.

Una estrella rasgó sus piececitos desnudos/ a mí en cambio el alma me arrebató lo más puro y lloré, lloré como niño con intenso dolor profundo.

Han pasado casi 31 años de la tragedia que vivió la familia Pavón-Pavón junto a los vecinos del humilde caserío de Boca de Samá. Pero hoy Nancy, desde la sala de su casa nueva, en Aguada la Piedra, parece vivir paso a paso aquella terrible noche del 12 de octubre de 1971, que trajo muerte y desconsuelo a hombres y mujeres, jóvenes y viejos del lugar.

Los recuerdos le duelen y ensombrecen el rostro, mientras poco a poco baja la vista hasta sus pies calzados con botas negras que le llegan hasta casi la mitad de las piernas. No hacen falta preguntas. Nancy deja salir su voz muy quedo, pero llena de rabia y tristeza, sentimientos muy difíciles de contener.

Boca-Sama-nancy_de_pie.jpgCuánto lo siento hermana, cuánto lo siento/ cuánta soberbia humana, cuánto lamento/ desearía tanto haber nacido antes/ Así habría cuidado yo tus pasos... quizá no habría dolor en tus ojos, ni lamento en tu llanto/ cuánto lo siento hermana, cuánto lo siento/ Cuánta soberbia humana, cuánto lamento.

“Vivíamos en una casa, de paredes de yagua y techo de guano, papá Bienvenido, mamá Pancha y cinco de mis hermanos de entre 4 y 16 años de edad y una nietecita de tres. Por su posición privilegiada, desde la vivienda se divisaba a plenitud el mar y todo el caserío que quedaba a nuestros pies.

“Esa noche de octubre dormíamos desde bien temprano, como era costumbre en nuestro poblado, cuando pasadas las 10 de la noche el Viejo salta de la cama tras escuchar un fuerte tiroteo que venía desde lejos, y le dice a mami que va a presentarse en la unidad por- que él era auxiliar de guardafronteras, pero al tratar de salir, ella comienza a gritar y a pedirle por los muchachos que no saliera. Pero él le dijo tan sólo:
‘Voy a tratar de bajar al pueblecito a ver qué está sucediendo.’

“No pudo alejarse ni cien pasos de la casa; el caserío era agredido con armas de grueso y mediano calibres, toda la tranquilidad de un pueblo se había convertido en terrible confusión. De vuelta a la casa, donde un mechón detrás de la puerta lo convertía en un blanco perfecto, él es descubierto por los mercenarios, que comienzan a dispararle, pero logra entrar y alertar a la Vieja para que saliera con todos nosotros.

“Voy al lecho de Ángela –ella tenía 13 años– y trato de incorporarla, cuando por debajo de la cama un proyectil le alcanza el calcañal izquierdo y otros disparos que traspasan las paredes de yagua me hirieron los dos pies. Ella comienza a gritar: ‘Mami, me mataron, me mataron’. Yo, que era, además, extremadamente delgadita y enfermiza, muy miedosa, la secundo en las lamentaciones. Recuerdo que el Viejo se puso molesto y nos contestó algo violento: ‘A nadie que matan habla, tengan valor y vengan para acá para ver cómo salimos’.”

Pero, sabes...hoy tu dolor es el mío/ es coraza, razón, lanza y combate que fortalecen ideas de que nuca estuvimos errantes/ y con dignidad y decoro batallamos en esta cárcel.

“Yo no sentía nada, sólo veía correr la sangre de mi pie derecho, que pendía de un pedacito de piel, y el izquierdo estaba destrozado por la parte de abajo. Así, primero me escondí debajo de la mesa del comedor, de donde salí corriendo para el patio.

“Al quedarnos solas, Ángela y yo emprendimos carrera para la casa de una vecina que, al vernos, no atinaba qué hacer ante la hemorragia de mis pies. No sé cómo aparecieron, pero sí sé que de pronto esa buena mujer tenía en sus manos pedazos de sábanas blancas para amarrarnos las piernas y así evitar más pérdida de sangre.

“Poco después llegó el Viejo, que, al fijarse en la situación en que nos encontrábamos, cargó conmigo en brazos y a Ángela la apoyó en uno de sus hombros para emprender camino hacia el barrio de Cañadón, de donde llegaba un yipe con varios compañeros para interesarse por lo que estaba pasando.

“Ya en ese momento se conocía que el pueblo era atacado por un grupo de mercenarios que llegó a nuestras costas a bordo de un buque madre y una lancha rápida, procedentes del Norte, y que en sus desmanes por el caserío había hasta penetrado en la tienda de víveres, mezclado los alimentos eintentado quemarla.

“También estaba la noticia de la muerte de Lidio Rivaflecha, de 32 años de edad, oficial del Ministerio del Interior, y del miliciano Ramón Siam, de 24 años, quienes al percatarse de la presencia de los asaltantes fueron al lugar en compañía del jefe del puesto de guardafronteras, Carlos Escalante, herido gravemente. Otro de los lesionados era Jesús Igarza, trabajador residente en el lugar.

“En ese carro nos llevaron para el hospital Nicaragua, de Banes, donde me amputaron el pie derecho y curaron el otro. Allí decidieron realizar el traslado urgente de los cuatro heridos para el Hospital Militar de Santiago de Cuba. Al otro día, temprano en la mañana, llegó un helicóptero que de viaje hacia allá tuvo que hacer escala en Holguín para atenderme en el ‘Lenin’ la hemorragia que tenía.

Te prometo, hermana, te prometo, que regresaré a buscarte y aunque no pueda tus piececitos desnudos alabarte/ besaré tus mejillas y mi alma desnuda te daré en baluarte/ y te juro, hermana, te juro dar mi vida entera cual nunca pérfido estandarte, para que jamás, niña quinceañera, sufras de esta maldad salvaje.

“Diez días estuve sin conocimiento, entre la vida y la muerte, en el hospital santiaguero. Ya el día 28 de octubre los especialistas decidieron la remisión para el ‘Frank País’, en La Habana. Es difícil recordar todo lo que pasé alejada de mi familia, yo que nunca antes había salido del pueblo, de al lado de mis padres y hermanos. Fueron 19 meses ingresada, casi dos años, tiempo durante el cual soporté seisoperaciones, curas inaguantables y una nostalgia que meroía lo más profundo del alma.Cada vez que hablaban del quirófano me entraban temblores fastidiosos, era miedo, sentía mucho miedo.

“Regresé a Boca de Samá sin el pie derecho y con el corazón endurecido. Ya no tenía zozobra por nada, había madurado sin apenas notarlo. Aquella muchachita delgadita y muy enfermiza estaba convertida en una mujer decidida, figúrate que hasta le pedí permiso a Papá para ser auxiliar de guardafronteras y hacer guardias en la torre altísima del pueblo, después integré la brigada Mirando al Mar, hasta que los dolores en la columna vertebral y las piernas me lo impidieron.

“Todavía, al cabo de casi 31 años de aquel día, la pierna derecha se enferma y paso hasta un mes en cama sin poder levantarme. ¿Mi Hermana Ángela? A ella le han quedado secuelas en su pie y pierna izquierdos. Tiene muchas várices y el calcañal está como si fuera transparente”.

Nancy Pavón acompañada de su familiaCuánto lo siento, hermana, cuánto lo siento/ cuánta soberbia humana, cuánto lamento.

Por estos días mucho se ha hablado del poema Cuánto lo siento, que le dedicó Ramón Labañino Salazar desde su celda en Beaumont, Texas. ¿Esperaba algo así?

“Es una de las cosas más lindas que me ha ocurrido, nunca por mi imaginación hubiera pasado que ese joven pudiera acordarse de mí, y mucho menos que me dedicara ese poema tan triste y lindo. Todo ocurrió después que, un domingo en la noche, Aroldo, el periodista de Radio Rebelde, trasmitiera la conversación que sostuvimos sobre el terrorismo y lo sucedido en Boca de Samá aquel 12 de octubre. Y fíjate que da la casualidad que Labañino está oyendo ese programa y se inspira. Dicen que pidió permiso allá en la cárcel para hablar con su esposa Elizabeth, a quien le dictó su composición.

“Yo tuve conocimiento de todo esto como a los dos días, cuando me llaman a la casa a eso de la una y media de la madrugada, porque un periodista quería darme una noticia.

Cuando yo oí por teléfono el poema, no dejaba de llorar, sinceramente me caló profundo; para mí es un honor, un compromiso con ese joven. Tenemos que unirnos y seguir luchando todos, para que él y los otros compañeros regresen. Su poema está hoy en un cuadro en la sala de la casa, como el mejor adorno que luce una muchacha.”

Nancy coge entre sus manos el poema, lo vuelve a releer y calla.

Nota: Los versos que aparecen en negritas pertenecen al poema Cuánto lo siento, de Ramón Labañino

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