/   ISSN 1607-6389
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Sábado 15 de mayo del 1999
La mala más buena del mundo

aplausos_2016_de_enrique_pineda_barnet.jpgFue la primera Santa Camila de La Habana Vieja. Lleva 46 años en la escena y ha logrado personajes inolvidables en el teatro, la televisión y el cine. Conquistó al público cubano con la malvada Doña Teresa y regresó a Holguín con un personaje diferente, la Sofía melodramática y divertida de la comedia sentimental “El último bolero”, del grupo Trotamundos, que ella dirige. Verónica Lynn es una actriz de carácter, pero es también, como la bautizó un guajiro pinareño:

LA MALA MÁS BUENA DEL MUNDO

Suerte de mitómano empedernido que la recuerde como ajada matrona en refajo en La Bella del Alhambra, y me rompa el corazón cuando la vea arropada en el gabán de mendiga con la claque voceadora. O como la cínica profesora de ¿Quién le teme a Virginia Wolf?, tratando siempre de joder al invitado. O aquella impenetrable Vassa Zelezhnova, la rusa dueña de una compañía naviera, o algo así. O la perplejidad de Susana cuando ve en la televisión de Lejanía un fragmento en La última cena llenito de negros esclavos.

Ella no tiene rostro. Porque tiene muchos. Y tiene también las manos más expresivas que he visto en mi vida.

Hay actores que siempre son los mismos. Sin embargo, usted hizo la histórica e histérica Doña Teresa de la telenovela Sol de batey, la hermética Juana Arango de Entre mamparas, o la trémula señora Úrsula de Pasión y Perjuicio, todas diferentes. ¿Cómo entra y sale Verónica Lynn de esa piel de serpiente que es un personaje?

Uno de los mayores encantos de la actuación es no solo vestir la piel, sino también, conceptualmente, tomar otro personaje, de otra época, con otros conflictos. Respeto a los actores de personalidad que siempre logran imponerla. Pero adoro la gente capaz de desdoblarse. Yo tengo esa suerte. Quizá la naturaleza me dotó de un poquito de talento.

Una de mis mayores angustias es la imposibilidad de encontrar directores capaces. Me aterra que llegue el momento en que yo sea yo. Esa es la verdadera muerte del actor. Cuando te vuelves un esquema de ti mismo, mueres como creador. Es terrible ser una momia encerrada en un círculo, y seguir trabajando. No quisiera nunca creerme lo que la gente dice que soy. Siempre me asombra y ruego por ser siempre tan ingenua y tan modesta.

En El último bolero interpreta a una madre que regresa del exilio. ¿Cómo le va en la piel de Sofía?

Muy bien. Tiene características muy cubanas. El cubano es melodramático. Por algo nos gusta el bolero, el tango y la ranchera. En los momentos más trágicos dice algo y la gente se mata de la risa. Y logra esos rompimientos sin pretender hacer chistes de su tragedia. Como buena madre cubana, Sofía manipula y es manipulada por su hija. Sabe que la hembra es práctica, fuerte, y prefiere al varón. La madre cubana es machista. Pero al mismo tiempo, está el apego a la tierra, a las tradiciones.

¿A dónde trota Trotamundos?

¡Qué difícil es trotar! El grupo surgió en el 89, dirigido por el actor Pedro Álvarez, mi esposo, ya fallecido. Sin elenco fijo, porque así la libertad es mayor. Uno de los objetivos fue salir a provincia, pero tuvimos que conformarnos con estrenar en La Habana. No queremos tratar sólo en Cuba. Y es difícil con obras de gran aparataje y muchos actores. No soy partidaria del teatro pobre, pero sí que el actor sea lo más importante de la puesta. Ahora trotamos hacia El centauro y la cartomántica, otra obra de Cristina Rebull e Ileana Prieto, muy actual, pero esotérica. Trata de la persona que muere y no sabe qué hay más allá y de la que está viva y no se ha portado bien.

veronica_lynn_teatro.jpg¿Cuánto le dio o le quitó el teatro?

Me dio muchísimo. Los medios de comunicación masiva son muy importantes, pero el teatro tiene su cultura viva. Tiene su público ahí y la interrelación directa enriquece tanto. Quien dijo que el teatro es el padre de las artes escénicas no se equivocó, por el maravilloso contacto que crea con el artista. El público es uno de los elementos más importantes en una puesta. Todo te lo va comunicando sin hablar. Y cuando un espectador comienza a sentirse el fondillo, algo anda mal.

¿Cómo influyó el teatro norteamericano en su carrera?

Imagínate que empecé en el 53 y mi primer personaje cubano, Santa Camila, lo hice en el 60. El teatro norteamericano tiene muy buenos autores, es muy psicologista, y yo soy una amante de Stanislavski. Es otra idiosincrasia, otros conflictos. Es un reto hacer el mundo de O´Neil, la psicología peculiar del norteamericano.

Es igual de difícil hacer a Ionesco, a Chéjov, Beckett o Sartre, y aunque Lorca nos parezca muy cercano tampoco es fácil… Nada es más difícil que hacer personajes cubanos. Porque los actores se quedan en la cáscara. Hay que interiorizar cómo piensa el cubano para que tu interpretación tenga rango artístico. Si piensas que Santa Camila de La Habana Vieja es solo una mulata con la mano a la cintura, esa no es Camila. Porque es un personaje marginal, una mestiza santera, pero con un mundo muy rico.

Todo esto avala su criterio para preguntarle sobre el teatro cubano actual.

El autor necesita ver representado su teatro. El pobre autor cubano se veía muy poco en escena, y siempre hace falta, por muy reacio que sea a que le cambien ese hijo que es una obra. Estorino sigue siendo Estorino, y Milián también. Y han surgido autores nuevos con su forma de hacer. Yo me protejo de entrar en discusiones, pero el teatro de texto me gusta. Me fascina Buendía, que es un grupo de teatro fabuloso. Me deja embobada el trabajo gestual y vocal. Pero no me entero de qué historia me contaron.

¿No le gusta el teatro posmo?

Me gusta todo teatro bien hecho. Pero me interesa mucho el texto. Alabo al que puede recitar toda la obra parado sobre el dedo gordo de la mano izquierda. Pero prefiero el teatro realista.

Sin embargo, hay grupos que están rescatando y reciclando obras clásicas del teatro cubano…

Teatro D´Dos logró una versión de La casa vieja que ni Estorino hubiera podido hacer. Mulkay hizo un Zenea muy bueno. La teoría es importantísima, pero hay que partir de la praxis. Casi todos los actores de este país fuimos empíricos: Minín Bujones, Raquel Revuelta… Además de otra teoría que vas adquiriendo con la práctica.

Es una lástima que haya bajado tanto el movimiento de aficionados, porque de las casas de cultura salieron muy buenos actores. Un muchacho que pretende ser actor tiene que conocer el escenario. No solo en clases. Y solo lo conoce parándose arriba con el público enfrente.

Esta es la pregunta que siempre esperan que uno haga a Verónica Lynn. ¿Esperaba el éxito de Doña Teresa?

¿Qué actriz rechazaría un papel así? Me pareció muy atractivo. El director de Sol de batey, Roberto Garriga, me había pronosticado que Doña Teresa iba a marcar mi carrera. Hasta entonces la crítica me había considerado una actriz con talento, pero ese personaje fue la popularidad. Apenas podía caminar por la calle. Era la mala, la dura, además de su problema patológico.

la_mala_mas_buena_del_mundo.jpg¿Cómo se lleva con la televisión?

Me encanta por todo lo que exige de mí. Haces muchos personajes a la vez y tienes que ir asimilándolos todos. La televisión puede ser fatal si te acomodas a solo aprenderte la letra. Porque es un proceso de creación igual al del teatro, pero con otra dinámica. La televisión en un momento llega a millones de personas. Y, a pesar de ser una industria, es arte también. A la telenovela le critican que lo dé todo masticado. Pero la gente necesita de eso también.

¿Le pesa no haber hecho más cine?

Me pesa no haber empezado más temprano. Me hubiera gustado poder contar mi historia en el cine como en el teatro y la televisión. Pero siempre puede aparecer alguna vieja dama indigna para mí.

¿Qué espera Verónica de la vida?

La amo tanto que me tiene que responder con el mismo amor. También he tenido malos momentos, pero no lastraron mi vida ni mi carrera. Yo voy a vivir mucho y, como Dulce María Loynaz, me sentaré en la puerta de mi tienda a ver pasar el cadáver de mi enemigo.
 


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