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  /   ISSN 1607-6389
Actualizado: Dom, 22 Oct 2017 - 15:40

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Crónica en el centro de la Diana

image002.jpg4:30... comienza la carrera por la vida y todos se rigen por la "Ley de la selva", que dicta que solo el más fuerte sobrevive. No estamos en la jungla pero si en algo parecido: LA PARADA.

Cruzas la calle y comienza el desafío, cual vaquero del salvaje oeste miras a tu adversario, que ya no es uno, sino cientos y con el mismo objetivo: subir o morir en el intento.

Te colocas en la posición estratégica, a la sombra de una mata y de pie, porque los únicos asientos están ocupados y esperas... y esperas... y tras media hora sigues esperando.

Compras un pastelito o un caramelo para distraerte, miras a tus acompañantes y vuelves a aburrirte, pensando en la cantidad inmensa de tareas por hacer y párrafos que memorizar para la pregunta escrita.

Entonces todo ocurre en milésimas de segundos: el movimiento de las masas, el monstruo con nombre de mujer en el horizonte y tus plegarias para poderte ir, porque sucede que tu cuerpo no es muy apto para abrirte paso entre la gente.

Llega la Diana a la parada y comienza la fase 2 del plan, atravesar la mar de cuerpos humanos hasta llegar a la puerta objeto de deseo, llegas ¡sí! y sonríes triunfal intentando olvidar los pisotones, la suciedad en los zapatos, el asa de la mochila casi caída y fuerte dolor en el brazo que casi dejas en la parada.

Luego, reparas en que no puedes sostenerte y en que estás en pose de modelo... de modelo aplastada contra una pared de cristal. Así transcurren las tres paradas siguientes con la única novedad de la voz irritante de una señora preguntando por qué no te pones la mochila delante. Te irritas también pensando en el peso de la susodicha mochila y le respondes de la mejor forma que puedes, que delante de ti hay otra bolsa y cuando ella replica por enésima vez  tu paciencia llega al límite y casi que tienen que aguantarte para no meter a la mujer dentro de la mochila y mandarla para cierto lugar no muy agradable pero lejos de la guagua.

Luego del incidente desfilas entre los pasajeros con tus movimientos de breakdance (para no perder el equilibrio) intentando ubicarte cerca de la puerta trasera, a la caza de un asiento vacío que por supuesto no encuentras. Entonces reaccionas dándote cuenta de que te bajas en la siguiente parada y das inicio a la fase 3 del plan: llegar a la salida.

Con tu mejor voz de locutor radial pides permiso una... dos... tres veces y ya en la cuarta ocurre "La Transformación", sientes como tus venas se hinchan, tu piel se vuelve de color verde (eso es de otra historia), tus ojos se abren enfurecidos y se oye la frase profunda: Caballero permiso que me bajo, Choferrrr abre atra'!!!

Tras ofrecer pisotones gratis llegas a tierra firme y antes de sonreír triunfalmente de nuevo revisas tus pertenencias, si hay un faltante en el inventario maldices hasta los muertos de los fabricantes de la pintura azul del vehículo pero si todo está en regla tienes permitido sonreír y caminar hacia tu casa preparándote mentalmente para el siguiente día y la aventura, el riesgo y la emoción que supone para ti abordar una Diana.

(*Esta crónica llegó por casualidad a nuestra redacción y decidimos compartirla con nuestros lectores, pues nos parece original e interesante, más cuando su autora es estudiante de décimo grado (16 años) del IPVCE José Martí Pérez de la provincia de Holguín.)


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1 Comentarios

  • Para mi esta crónica es muy original, pues vivo esta misma experiencia dos veces al día.

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