Óleo

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entrev yojany 01Fotos: Cortesía del entrevistado

No todos los trayectos creativos irrumpen como una epifanía ni responden a la claridad de un destino previamente trazado. Algunos se construyen desde la repetición, en ese gesto que se vuelve hábito y, con el tiempo, identidad. Así se ha configurado el recorrido de Yojany González Martínez: no como una línea recta ni como una sucesión de momentos decisivos, sino como una práctica sostenida que, poco a poco, termina por afirmarse.

El dibujo fue su primer territorio. Apareció como una extensión natural de la mirada: retratos, flores, animales. Formas que surgían sin demasiada mediación, como si la mano resolviera lo que aún no encontraba palabras. “Siempre me gustó”, comenta. Durante años, ese ejercicio le bastó. Dibujar era una forma de observar con detenimiento, de permanecer donde otros no se detienen, sin urgencia ni conflicto.

El cambio llegó entre 2020 y 2021, a partir de un gesto aparentemente simple: un primo le regaló una línea de óleos. “Cuando vi cómo se combinaban los colores… me pasó un mundo entero por la cabeza”. A partir de ahí, el proceso se expandió. El trazo se mantuvo, pero comenzó a dialogar con el color, con la mezcla y la prueba. Sin una ruptura evidente, empezó a tomar forma otra manera de trabajar, más abierta y también más incierta.

El ingreso a la Academia Regional de Artes Plásticas “El Alba”, en Holguín, marcó un punto de inflexión más claro. El espacio académico introdujo otras exigencias: rigor, intención. “Fue una experiencia totalmente distinta a lo que yo concebía como escuela”, afirma. A partir de entonces, la intuición dejó de operar sola y comenzó a convivir con la disciplina, en un proceso más consciente y exigente.

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En ese desplazamiento, su relación con la creación se volvió más lúcida. “Me di cuenta de que antes perdía mucho tiempo”, señala. A partir de ahí, el proceso empezó a entenderse también como trabajo sostenido, donde el tiempo adquiere un peso específico.

La academia introdujo, además, un elemento decisivo: los otros. Compañeros con búsquedas afines, egresados del Instituto Superior de Arte con perspectivas distintas, y la guía de su tutor, el artista Ronald Guillén Campos. Lejos de imponer una dirección, el entorno funcionó como un espacio de contraste. Ofreció herramientas, referencias y, sobre todo, puntos de fricción. En ese cruce entre lo que ya traía y lo que comenzaba a incorporar, su lenguaje empezó a definirse con mayor claridad, sin perder su impulso inicial.

Hay, sin embargo, un momento que se mantiene con otra intensidad: la primera obra terminada. “Fue un gran alivio y una gran satisfacción”, dice. Junto a esa sensación aparece también una cercanía particular: “Los artistas tenemos una relación de amor con nuestras obras… porque es lo que nace de nosotros”. En ese punto, la obra se entiende como una extensión directa de quien la crea.

En su proceso, la imagen no es el inicio. Lo es la música. “Todo nace de la música”, afirma. A partir de ahí, el trabajo avanza de forma orgánica: “Cojo una hoja y empiezo a garabatear… después organizo la composición, pienso en los colores y en el formato”. Responde a una lógica propia que se repite sin volverse rígida.

Su pintura se ha desplazado de la representación hacia la interpretación. La fidelidad al modelo dejó de ser central y el retrato, entendido como reproducción de rasgos, perdió sentido. “No me llenaba”, admite. En ese giro, la influencia de Francis Bacon aparece como referencia: el rostro deja de ser estable y se convierte en un espacio de tensión. Las figuras se deforman, se fragmentan, se resisten a una lectura única. Más que mostrar cómo se ve alguien, la intención se desplaza hacia lo que no es visible.

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La figura humana permanece en el centro de su obra, pero ya no como representación literal. “El cuerpo humano… tiene mucho misterio”. A partir de ahí, trabaja con cuerpos en tensión, a veces definidos, otras apenas sugeridos, atravesados por elementos abstractos. El sentido no se cierra; queda abierto a la mirada de quien observa.

Entre sus piezas, Fe ciega ocupa un lugar particular. No solo por el reconocimiento en el Salón de Arte Religioso, sino por su origen, vinculado a una experiencia cercana. La obra parte de una observación concreta. “Era una familia muy entregada a sus creencias… pero pasaban mucho trabajo”, recuerda. Esa imagen —la fe sostenida en medio de la dificultad— permaneció durante años hasta encontrar salida en la pintura.

Al llevarla a obra, evitó ajustarse a lo esperado. “No quería pintar distinto por ser un tema religioso… sentía que debía ser yo mismo”. El resultado se aleja de lo devocional y coloca la fe en un terreno de tensión, sin ofrecer una lectura cerrada.

La mención en el Salón de Artes Visuales de Holguín introduce otro matiz en su trayectoria. No aparece como consagración, sino como una señal dentro de un proceso que ya venía tomando forma. “Nunca había ganado nada… fue muy importante”. En esa afirmación no hay énfasis grandilocuente, sino la conciencia de un recorrido sostenido, de horas acumuladas y de una práctica que empieza a encontrar eco fuera del espacio más inmediato.

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Frente a un panorama donde muchas obras parecen construirse desde su explicación, su postura se inclina hacia lo contrario. Prefiere que el encuentro sea directo, sin demasiadas mediaciones. “No quiero que la analicen demasiado… me gustaría que la disfruten”. La obra, entonces, no se impone ni dirige; se abre. Permanece disponible a múltiples lecturas, a la experiencia de quien la mira, sin fijar un sentido único.

El presente de Yojany está atravesado por la formación y la preparación hacia estudios superiores. En ese proceso, la idea de talento pierde centralidad frente al trabajo constante. “Si uno no trabaja, no va a tener las recompensas que ansía”, afirma. No proyecta su carrera como un trayecto fijo ni como una meta cerrada, sino como un proceso en desarrollo, donde cada etapa redefine la anterior.

Hay, sin embargo, una motivación que se mantiene firme. “Lo más importante para mí es que mi madre esté orgullosa”. Al pensar en cómo será su obra futura, admite que no tiene una respuesta definida. Lo que sí tiene claro es la manera en que la asume: desde la honestidad, en coherencia con cómo se reconoce en lo que hace. “Va a ser sincera… va a ser lo que soy yo”.


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