Rubén y sus Otros

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ruben ent 01Foto: Juan Pablo Carreras

A Rubén Rodríguez se le puede encontrar en muchos lugares. En las páginas de un libro, en una redacción, frente a un aula, en la memoria de quienes alguna vez lo escucharon hablar de periodismo o aprendieron a mirar un cuento de otra manera. Quizá por eso contar a Rubén desde una sola mirada sería condenarlo a quedarse incompleto. Hay tantos Rubenes como formas ha encontrado de entrar en la vida ajena. Ninguno basta por separado.

Tal vez ahí esté la única forma posible de contarlo: no reunirlo en una sola imagen, sino aceptar que Rubén Rodríguez también existe disperso en sus otros.

Alberto Casaus todavía conserva una chapilla de acero inoxidable que no le pertenece. Era 2019 y habían viajado a La Habana. Rubén debía recibir un premio y entre los planes estaba comprarle una muda de ropa para la ocasión.

Alberto, que se define a sí mismo como “el organizador, el coordinador, el utilero de Rubén Rodríguez”, había dejado preparado desde Holguín el dinero destinado al viaje y a aquellas compras. Esta vez, Rubén debía encargarse de llevarlo.

Caminaron por Obispo hasta entrar en una boutique. Escogieron la ropa, comenzó la búsqueda del pantalón y, después de probar varios, pedir otros al almacén y emplear casi una hora bajo la atención paciente de las dependientas, encontraron finalmente el indicado. Todo parecía resuelto hasta que llegó el momento de pagar.

—Paga —le dijo Rubén a Alberto, quien lo miró, seguramente esperando que aquello fuera una broma.

— ¿Cómo voy a pagar yo? El dinero te lo dejé a ti en Holguín para el viaje.

Entonces comenzó la búsqueda. Viraron la mochila, revisaron el equipaje, pero nada. Rubén, sencillamente, nunca lo había recogido. Tuvieron que marcharse sin ropa y sin poder dejar propina a quienes los habían atendido. En medio de aquel pequeño desastre, Alberto salió con la chapilla de la tienda consigo. La pieza de acero terminó convertida en una especie de comprobante doméstico de los despistes de Rubén. —Ese es Rubén Rodríguez —dice—. Bienvenido al mundo de Rubén.

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ruben ent 02El Hacha de Holguín, máximo reconocimiento del Partido y el Gobierno en la provincia homónima, fue entregada a Rubén Rodríguez durante la Feria del Libro.

Lorena Velázquez conoció primero a Rubén Rodríguez desde la distancia. Antes que ella, incluso, lo había conocido su madre, lectora de su columna en el semanario ¡ahora! y responsable de llevarla, cuando todavía era una niña, a la presentación de uno de sus libros infantiles.

Lorena tendría nueve o diez años, había ido con una sola intención: regresar a casa con un ejemplar. Los libros se acabaron antes de que pudiera alcanzar uno y se echó a llorar. Entonces Rubén pasó cerca. Lo agarró por la camisa y le preguntó si no iban a sacar más libros. Todavía recuerda la expresión con que él la miró, casi tan desolada como la suya. Durante años aquella fue la imagen más cercana que tuvo del escritor al que admiraba.

En 2023, cuando Lorena comenzó a trabajar en Ediciones La Luz, Rubén dejó de ser únicamente el autor que ocupaba un sitio lejano entre sus lecturas. Entró, ahora sí, por la puerta ancha de su vida cotidiana. Se hicieron amigos. Y el gran escritor empezó a ser también el hombre con quien podía hablar de literatura y, minutos después, de sedas, georgettes, pana rayada o corderoy; el que intercambiaba con ella películas y series, se tomaba una foto cada vez que encontraba ocasión y se encargaba de recordarle, por si nadie lo había hecho aquel día, que era “icónica”.

También fue de los primeros en leer su poesía, en mirar sus ilustraciones y en tomarse en serio su trabajo pictórico. Rubén insiste en que, algún día, debe ser ella quien vuelva a darle rostro a Leidi Jámilton. Dice que ese personaje tiene que verse como se ven las mujeres de Lorena. Por eso ilustrar la cubierta de la Analekta El color de la cereza madura y pintar para él un cuadro original en esta feria del libro tuvieron algo de deuda saldada, aunque Lorena reconoce que todavía queda mucho por devolver.

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Yenny Torres comparte con Rubén Rodríguez una oficina y también una obstinación: seguir haciendo periodismo local incluso cuando todo parece conspirar contra la rutina. Entre ambos caben, además, otras afinidades menos solemnes: recetas de resistencia creativa, picadillos estirados hasta donde alcance la imaginación y panes horneados en sartén “a la carbonera”.

Pero la complicidad viene de antes. En la universidad, Yenny y los de su año aprendieron con Rubén que también el periodismo podía explicarse desde la repostería. Estaba el “merengue”: el adorno, aquello que podía embellecer un texto sin sostenerlo. Y estaba la “panetela”: la investigación, la sustancia, el peso real de lo que se cuenta. Una manera sencilla de enseñar algo que, con los años, termina resultando difícil de olvidar.

Rubén puede detenerse en cuál es la mejor colcha para trapear y, poco después, saludar en ruso, francés o inglés… En él, lo cotidiano y lo culto no parecen territorios separados. Quizá por eso Yenny guarda con especial cuidado sus valoraciones. “Su elogio sobre uno de mis textos me sabe a premio”.

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Antes de los premios, de las presentaciones y de los libros alineados en una estantería, hubo libretas. Luis Yuseff las recuerda gruesas, desproporcionadas, varias unidas entre sí por un lomo artesanal que alguien había improvisado para mantenerlas juntas. Rubén escribía en ellas a lápiz. También dibujaba.

Era 1995. Luis estudiaba Química en la Universidad de Oriente y Rubén llevaba apenas unos años de graduado. Se habían conocido en la sala de Música y Arte de la Biblioteca Provincial Alex Urquiola, todavía ninguno sabía cuánto tiempo ocuparía en la vida del otro.

Las libretas llegaron después. En ellas, Rubén había escrito una saga enorme alimentada por personas que conocía. Luis aprendió que Rubén podía mirar a una persona y quedarse con aquello que podía ser dentro de una historia.

Luis se llevó aquellas libretas a Santiago. Allí, en la beca de Quintero, había días en que estar lejos pesaba más de la cuenta. Y entonces aparecieron los flamboyanes amarillos. Bajo ellos se sentaba a leer. Quizá Rubén no lo supiera entonces, pero aquellas historias ya estaban haciendo algo antes de convertirse en libros. Acompañaban.

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Durante más de diez años, Robert Ráez conoció un cuento sin haberlo leído.

Se llamaba "El color de la cereza madura" y Moisés Mayán hablaba de él como de uno de esos textos que había que conocer si se quería entender de verdad la narrativa de Rubén Rodríguez. Robert estaba todavía en el taller literario cuando empezó a escuchar aquel título. Ya había leído "El tigre según se mire" y sabía que Rubén ocupaba un lugar extraño entre los jóvenes que comenzaban a escribir. Era alguien al que se le leía para aprender cómo podía construirse un cuento. Pero las cerezas no aparecían.

Fue una de las personas que lo ayudaron cuando decidió presentarse a las pruebas de Periodismo y, durante meses, leyó también sus primeros intentos literarios. Robert recuerda al Rubén de aquellos años sentado en un café que ya no existe, hablando de Chuck Palahniuk o Bret Easton Ellis.

Más de una década después pudo leer finalmente "El color de la cereza madura". Terminó diagramando la Analekta dedicada precisamente a este título. Robert, que durante años había intentado encontrar el relato, terminó ayudando a ponerlo nuevamente en circulación.

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Mi Rubén llegó primero en forma de libro. Yo todavía estaba en la primaria cuando mi mamá me compró uno suyo. Mucho antes de conocer al periodista o al profesor estuvo aquel escritor al que yo leía.

Después vino lo que ningún libro podía anticiparme: convivir con Rubén lejos de todo aquello que acompaña su nombre. Solo Rubén. Escuchar ese humor negro suyo que rara vez pide permiso antes de aparecer. Verlo tomar un texto y descuartizarlo sin demasiadas contemplaciones hasta obligarte a descubrir todo lo que podía ser mejor. Y disfrutarlo, incluso cuando el texto bajo el cuchillo era mío. Quizá porque nunca he sentido esas correcciones como una herida.

Encontré en su literatura una respuesta a esa pregunta frente a la página en blanco: para qué seguir haciéndolo; la certeza de que las palabras pueden ser oficio y seguir siendo refugio; que detrás de un texto siempre queda otro por escribir mejor. Tal vez por eso terminé buscando a Rubén en los demás.

Nada de eso aparecería necesariamente en una biografía. Quizá por eso dice más de Rubén que fechas ordenadas sucesivamente. Porque hay una parte de las personas que termina dejando de pertenecerles. Rubén Rodríguez está, por supuesto, en todo lo que ha escrito. Pero también está aquí. Disperso. En todos sus otros.

Isabel Hechavarría Hernández
Author: Isabel Hechavarría Hernández
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Nací para escribir, contar historias y acercarme, palabra a palabra, al corazón del mundo.

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