De lufa y madreselva

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mujer rural 01

La enredadera de lufa creció silenciosa entre la madreselva. Dos plantas asumiendo juntas el camino hacia la luz. La mujer se acerca ágil. Busca entre las hojas delicadas de una planta la aspereza de la otra. Sus dedos se pierden entre el color calmado. El verde de las hojas es el verde de sus ojos y viceversa.

Encuentra una cápsula de estropajo. La usará para fregar la losa, como un fino y costoso artefacto. Un giro y otro y otro hasta que la suciedad se rinda y caiga. Las lluvias retardan la llegada del otoño. Mientras regresa a la casa, sus pies se hunden con suavidad entre la hierba nueva. Hay florecitas en su pelo y canta.

No hay electricidad. Junta los trozos de leña sobre el fogón cansado y las llamas poco a poco se animan. Haremos la papa, dice. Desde abajo, diminuta, una niña de dos años se prende a su ropa y llora. Es intenso el llanto. La echa sobre su regazo. «Esta niña linda que nació de noche». Una, dos canciones y la pequeña cierra los ojos, rendida ante la voz limpia de la madre. La acuesta y se aleja sin ruidos.

El agua caliente hace borbotones en la cocina. Pela los plátanos y los agrega en trozos. Son las diez de la mañana.

Sobre la mesa, un libro de Historia de Cuba. Repasa el contenido que le evaluarán en la universidad este fin de semana. La cocina y el libro disputan a intervalos su atención. Mil ochocientos sesenta y ocho. La mujer Mariana metida en la manigua con todos los hijos que a machetazos peleaban por la patria nueva.

La niña despierta. Llora otra vez. El libro hace una pausa. Mil ochocientos sesenta y ocho fue un año difícil. Almuerzan.

Entrando la tarde, llega el esposo cansado de forzar el arado tierra adentro. Después de comer, busca agua al pozo que cavaron los abuelos en la cañada. Un trillo se mete monte adentro hasta el lugar de las aguas. El trillo se abre sobre la lona verde de la maleza. Un viaje y otro, y los cubos pesan como un país que duerme.

Ella lava los sudores en una batea de aluminio puesta en plataforma de madera bajo la sombra del robledal. Él friega las vasijas y da de comer a las gallinas. Se acerca a la mujer y la besa. Percibe las flores; el olor a madreselva lo transporta a cuando se conocieron:

Discreta y tibia la muchacha, el cabello «recién lavado con agua de lluvia y cortado en creciente de luna para los buenos augurios», «su piel de lozanía pálida y exaltada». Cápsulas de lufa sus manos, valiosas y útiles.


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