Mirtha Ibarra no está cansada
- Por Arley Puyol Álvarez
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Foto: Iris Torres
Mirtha Ibarra pudiera estar en cualquier otro punto de la geografía mundial. Y Mirtha Ibarra está en Gibara, esa ciudad holguinera que parece una escenografía. Bajo las estrellas y también el sereno, mira una película en pantalla grande.
La vida de Mirtha Ibarra ha transcurrido así, mirando películas en pantalla grande. Ahora, como muchas otras veces, se mira a sí misma. Ella interpreta a Iluminada, una trabajadora del Cine Cuba, que debe cerrar próximamente.
Ibarra vino hasta la Villa Blanca de los Cangrejos para presentar la película “Neurótica anónima” en la vigésima edición del Festival Internacional del Cine Pobre. La neurótica anónima es Iluminada y, a la vez, es Mirtha.
“Pichi (Jorge Perugorría) dice que es un homenaje a mí. Y yo lo siento así”, revela. “En la película hay cosas que tienen que ver conmigo, por supuesto. Hay mucho de mi vida puesto ahí. Y quería, de alguna manera, que la protagonista tuviera ese pasado de luchadora”.

Iluminada pasa su vida, o los 90 minutos del filme, intentando que el Cine Cuba permanezca abierto. Y Mirtha Ibarra ve “Neurótica anónima” al frente de un cine cerrado. Son unos 180 los cines cerrados ahora mismo en todo el país, dijo Alexis Triana, presidente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, en una conferencia de prensa durante el Festival Internacional del Cine Pobre.
“En esta crisis total es difícil que el cine sea una prioridad. Yo me siento muy mal con todo eso. Ahora quiero hablar con Triana porque el cine donde filmamos está abandonado. Quiero que vayan y vean el local, porque vale la pena recuperarlo. Sé que otros están muy deteriorados y que no hay dinero para hacer grandes inversiones. Pero ese y algunos más se pudieran arreglar”, dice la actriz.
Así seguro son los diálogos que jamás llegaron a filmarse para “Neurótica anónima”. Ese, en efecto, sí es el reclamo de la película. Difícilmente Mirtha Ibarra hubiera podido quedarse con todo eso guardado. Iluminada no es más que una excusa para decir todo lo que tiene por decir.
Primero, “Neurótica anónima” fue una obra de teatro, escrita por la propia Mirtha. Luego, le cedió el guion a Perugorría, para que lo ampliara en función de realizar un largometraje.
A partir de sus actuaciones en “Fresa y chocolate” y “Guantanamera”, la combinación de Mirtha Ibarra con Jorge Perugorría prometía, cuando menos, otro filme memorable, aunque ahora desempeñen roles diferentes.
“Pichi ya es un director de una talla grande. Aprendió mucho con (Juan Carlos) Tabío y con Titón. Por momentos lo vi dirigiendo a un actor, a (Roberto) Perdomo, y lo llamé y le dije: me pareció que estaba viendo a Titón, no que te estaba viendo a ti”.

Tomás Gutiérrez Alea (Titón) y Mirtha Ibarra mantuvieron un idilio entre sí y el cine que bien mereciera un guion aparte. Con la partida de Titón, ella heredó por completo esa terca insistencia en hacer películas.
“El cine es mi vida. Yo creo que si estuviera en la casa sin hacer nada me moriría. El cine es lo que me da energía y sentido. Antes estaba haciendo teatro y escribí guiones después de que falleció Titón. Tenía que buscarme la manera de encontrar trabajo porque cuando tienes determinada edad ya no te llaman”, cuenta.
Mirtha Ibarra tiene 80 años.
Mirtha Ibarra pudiera estar en otro punto de la geografía mundial, dándosela de diva, viviendo de los flashbacks de su carrera. Y Mirtha Ibarra está en Gibara, porque “en medio de tanta miseria, este festival es un aliciente espiritual y cultural”.
Ahora mismo poco le interesan el marketing, las ondas de su pelo o el cine que juegue a ser Hollywood. “No, ¡qué va!, yo no pienso en el retiro. Yo voy a seguir escribiendo para actuar. Sencillamente. En estos momentos estoy escribiendo un argumento para hacer otra película. Es un pretexto para matar un enano que no he matado nunca: cantar. La historia es sobre una cantante que, como yo, está vieja y la sustituyen por una joven”.
Mirtha Ibarra tiene 80 años. Y Mirtha Ibarra no está cansada. Al menos no del cine. Al menos no de su manía de estar frente a las cámaras para después mirarse en pantalla grande a las afueras de un cine cerrado.
