Gente de siempre
- Por Yenny Torres
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La redacción respira. Es un organismo vivo, antiguo y joven a la vez. El aire huele a papel de archivo y a la carga eléctrica de las prisas. El periódico ¡ahora! cumplió 63 años recientemente, y el latido se repite, como vínculo inquebrantable entre el 19 de noviembre de 1962 y este presente donde las historias, tercas, insisten en ser contadas. Sus pasillos son el cauce por donde han fluido generaciones.
Huellas invisibles de periodistas que aprendieron a forjar la pluma en el yunque de la noticia, de fotógrafos que cazaron instantes decisivos entre el claroscuro, de editores que pulieron palabras hasta darles filo, de diseñadores que dibujaron el orden del caos y de un personal de apoyo, silencioso y fundamental, que sostiene el andamiaje. Este lugar es más que una oficina; es una geografía íntima del oficio. Un mapa de vocaciones.
Hoy, la redacción es un espejo del tiempo. Junto a las sienes plateadas de los veteranos, que regresaron con la sabiduría a cuestas tras la jubilación, los estudiantes de Periodismo entrenan la pantalla con sus primeros textos. No tenemos jerarquías, solo la pasión compartida de contar. El ¡ahora! es, en esencia, una unidad docente con olor a tinta fresca, un aula donde el examen final es la página impresa que llegará a manos del lector. Muchos de los que hoy triunfan en otros medios despliegan las alas que aquí emplumaron.
Este equipo sabe del bajo salario que no alcanza; de caminar a pie bajo el sol; de salir a municipios a las tres de la mañana; de estar fuera de casa mientras pasa el huracán; de esperar el año nuevo o estar el día feriado delante de la computadora; de ir en vano a una cobertura posible, nunca concretada; del reto de informar, de no perder credibilidad en tiempos de tanta fake news en redes sociales; del esfuerzo por hacer coincidir la agenda pública con la del medio...
Conoce las musas de la madrugada, las complejidades para investigar, las fuentes de información que se resisten, los deseos de no solo “encender la luz para que se vean las cucarachas”; pero también de consagración y escribe una crónica cada viernes. Esa es la tarde-noche del ritual, la del cierre informativo. La presión se condensa en el aire, tan palpable como la humedad. Y aunque la UNE nos privilegia el circuito con medio día extra de electricidad, casi siempre nos acecha el apagón.
En la oscuridad repentina hay un movimiento coreografiado por la urgencia. Se oye el clic seco de un interruptor, el ronroneo de un dispositivo que despierta. Es el backup que presta su hálito por unos minutos preciosos. Las caras se iluminan con el resplandor de las pantallas, revisando cada detalle.Cuando la carga se consume, se cambia el equipo agotado por otro, y luego otro más, como una carrera de relevos.
Son instantes de pura consagración, donde el ruido de los teclados se convierte en resistencia. Hasta que, finalmente, se vence. La página se salva. La historia queda atrapada en un PDF que pronto el Poligráfico José Miró Argenter oxigenará en sus rotativas.
Sus páginas, amontonadas en hemerotecas o guardadas como tesoros en los hogares, son más que papel. Son el testimonio de una vida colectiva, la memoria histórica de esta tierra.
Al celebrar otro año, el ¡ahora! no solo conmemora su fundación. Celebra cada cobertura difícil, cada tema peliagudo por investigar, cada premio alcanzado por sus integrantes, cada nuevo proyecto, cada joven que encontró aquí su voz, cada jubilado que no se fue del todo, cada letra puesta en función del lector. Es un faro que no se apaga; porque mientras su gente, esa gente tan consagrada, siga cambiando un backup por otro para que la historia no se quede sin contar, el periódico, como la provincia a la que sirve, seguirá existiendo. Gente de siempre.
