Therian: identidad y realidad
- Por Karla Beatriz Ros Ferrales / Estudiante de Periodismo
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Foto: Tomada del diario El Mundo
En la última década, diversas formas de identidad han ganado visibilidad a través de entornos digitales. Redes sociales y foros especializados permiten que grupos minoritarios articulen experiencias antes dispersas. Entre estas expresiones surge una forma de identificación con animales no humanos, tendencia conocida como therian, que genera debate público y análisis académico. Comprenderla exige información rigurosa y una mirada crítica.
El auge actual de los grupos therian no puede analizarse aislado del contexto tecnológico y social en el que se desarrollan. Las plataformas digitales han facilitado la conexión entre personas que comparten experiencias similares, eliminando barreras geográficas y reduciendo el sentimiento de aislamiento. Lo que antes podía vivirse como una experiencia individual y silenciosa, hoy encuentra comunidades organizadas, espacios de diálogo y validación constante.
Además, el fenómeno therian se inserta en una etapa histórica marcada por una fuerte exploración identitaria, especialmente entre adolescentes y jóvenes adultos. La búsqueda de pertenencia, diferenciación y significado personal encuentra en Internet un escenario fértil. En este entorno, los grupos therian no solo ofrecen identificación simbólica, sino también comunidad, lenguaje compartido y reconocimiento social, factores que explican, en parte, su crecimiento visible en la actualidad.
El concepto procede de la teriantropía, término que en la antigüedad describía transformaciones simbólicas entre humano y animal dentro de narrativas mitológicas. En el contexto actual, se utiliza para referirse a una experiencia subjetiva de identidad vinculada a una especie específica. No implica una creencia literal de cambio físico, sino una percepción interna relacionada con rasgos o simbolismos atribuidos al animal.
Desde la psicología clínica, esta forma de autoidentificación no figura como diagnóstico en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición (DSM-5), publicado por la Asociación Americana de Psiquiatría, ni aparece reconocida como categoría clínica independiente en la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) de la Organización Mundial de la Salud. Investigaciones académicas realizadas por el antropólogo Devin Proctor sobre comunidades otherkin (subcultura de personas que se identifican como parcial o totalmente no humanos) describen esta experiencia como una construcción identitaria desarrollada en entornos digitales, a partir de interacciones en redes sociales y foros, y no como un deterioro funcional generalizado.
La literatura sobre desarrollo adolescente indica que la identidad se consolida mediante procesos de exploración y afiliación grupal. Investigaciones publicadas en Journal of Adolescence y en New Media & Society analizan la influencia de comunidades digitales en la consolidación de narrativas identitarias y destacan el papel de la validación social en línea. Dichos estudios muestran cómo la interacción en plataformas digitales puede reforzar la construcción de identidad y el sentido de pertenencia entre jóvenes con experiencias minoritarias.
En el plano cultural, la relación simbólica entre humanos y animales posee antecedentes históricos en mitologías egipcias, griegas y mesoamericanas. Sin embargo, la expresión contemporánea surge dentro de dinámicas propias de la cultura digital global. Estudios etnográficos describen estas comunidades como subculturas con normas internas, lenguaje específico y mecanismos de cohesión social.
Desde la perspectiva social, el debate público oscila entre la patologización y la trivialización. La evidencia académica no respalda la clasificación automática de esta experiencia como trastorno mental. Tampoco sostiene que toda autoidentificación simbólica carezca de significado psicológico. El análisis requiere contexto y evaluación individual. Cuando una construcción identitaria genera malestar clínicamente significativo o deterioro funcional, la orientación profesional resulta pertinente.
Más que una curiosidad de Internet, esta forma de identificación plantea preguntas sobre los límites de la identidad en la era digital. Las plataformas virtuales amplifican procesos de exploración personal y crean espacios donde las narrativas individuales encuentran eco inmediato. Sin embargo, la validación colectiva no sustituye el análisis crítico ni la orientación profesional cuando resulta necesaria.
El desafío no radica en ridiculizar ni en aceptar sin cuestionamientos, sino en comprender el contexto en el que surgen estas expresiones. Las identidades evolucionan junto con la cultura, pero toda construcción personal requiere equilibrio entre experiencia subjetiva y realidad social. Informarse, dialogar y evaluar con criterio permite abordar estos fenómenos con madurez y responsabilidad.
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