Mirar

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oscar fotog 01Oscar Alejandro Flores.

La primera vez que escribí a Oscar Alejandro Flores para proponerle esta entrevista, me respondió con una advertencia inesperada.

“No se me da muy bien hablar”.

La frase duró apenas unos segundos en la pantalla del teléfono, pero bastó para entender algo que después empezó a repetirse en sus fotografías. Hay personas que encuentran las palabras con facilidad y otras que parecen haber elegido otro lenguaje. Oscar pertenece a estas últimas. Si hablar le cuesta, mirar no. Sus imágenes terminan diciendo aquello que él prefiere no explicar.

En ellas hay rostros detenidos en una intensidad que no parece buscar complacencia. Hay cuerpos que se inclinan, manos que se elevan, ojos que sostienen una carga antigua, pieles marcadas por el tiempo, músicos atrapados en medio de una entrega, bailarines y actores suspendidos en el instante exacto antes de que el movimiento desaparezca. Su fotografía no intenta embellecer la realidad desde afuera; más bien se acerca a ella hasta encontrar una grieta por donde pueda hablar.

Para Oscar, la fotografía de personajes ocupa un lugar esencial. No la entiende como un simple retrato ni como una imagen tomada al paso. “Detrás de cada rostro, casi siempre existe una historia de vida marcada por el tiempo”, afirma. A partir de ahí, su interés se desplaza hacia aquello que vuelve irrepetible a una persona: una arruga, una mirada, una cicatriz, una forma de sostener las manos, una expresión que apenas dura unos segundos. En esos detalles encuentra algo que, según él, “no se encontrará ni se repetirá en otro tipo de fotografía”. Su cámara parece buscar precisamente eso: lo que no vuelve.

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Para él, el cuerpo dice lo que muchas veces la voz no alcanza. “La expresión corporal es lo que nos dice cómo nos sentimos en ese preciso momento, qué está pasando a nuestro alrededor y cómo reaccionamos a ello”, explica. En sus fotografías, esa idea se vuelve visible. Los cuerpos no acompañan la imagen; la conducen.

La mirada, sin embargo, ocupa un sitio todavía más profundo. “Los ojos son las ventanas del alma”, dice. La frase podría parecer común si sus fotografías no insistieran tanto en demostrarla. En sus retratos, los ojos no funcionan como centro formal solamente, sino como territorio de entrada. “A veces, con tan solo fijarnos un poco en la mirada de una persona, podemos descubrir realmente cómo está, sus emociones más profundas, sus miedos, sus secretos y demás”. En esa insistencia aparece una ética del retrato: mirar no para invadir, sino para intentar comprender.

Las marcas del tiempo tienen en su obra un valor particular. Le interesan especialmente los rostros de personas mayores, esas superficies donde la vida ha dejado señales visibles. “Siempre han sido como un libro de historia”, comenta. Para él, el trabajo del fotógrafo consiste en aprender a leerlas. No basta con registrar una arruga o una piel gastada; hay que interpretar lo que esa marca sugiere, lo que calla, lo que ha sobrevivido. “Solo tienes que descubrir cómo interpretarlas para poder contar la historia en una fotografía”.

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El blanco y negro es, para Oscar, una decisión fundamental. No aparece como nostalgia ni como recurso decorativo. “Para mí la fotografía en blanco y negro lo es todo”, afirma. La ausencia de color le permite concentrar la atención en lo que considera esencial, la imagen pierde una parte de su información inmediata, pero gana otra intensidad. “Te fijas más en los pequeños detalles y puedes interactuar emocionalmente más fácil con el tipo de fotografía que hago”.

Su uso de la luz responde a una lógica semejante. Oscar prefiere trabajar sin luces de apoyo. No busca construir una escena desde afuera, sino aceptar la luz que ya existe en el momento. “Siempre trato de tomar la fotografía justamente como está pasando”, explica. Esa decisión tiene una consecuencia estética y también ética: el momento debe ser recordado “justo como fue”. El dramatismo surge después, en dependencia de la situación, pero no como una fabricación ajena a la escena.

Por eso sus imágenes conservan cierta crudeza. A veces la luz cae con dureza sobre un rostro; otras, deja zonas casi perdidas en la oscuridad. En la fotografía del pianista, por ejemplo, las manos iluminadas sobre el teclado parecen flotar dentro de un espacio negro. El rostro aparece concentrado, cerrado sobre sí mismo, como si toda la imagen estuviera organizada alrededor de la tensión entre sonido y silencio. No hay exceso de elementos. La luz separa lo necesario de lo prescindible.

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La serie Foto de familia nace desde un lugar íntimo. Oscar la define como algo personal, hecho para sí mismo y para el recuerdo de seres queridos que ya no están. No surge como un proyecto pensado primero para el público, sino como una necesidad de conservar. “Fue como una serie para no olvidar”, explica. “Al final las fotografías no valen nada hasta que son lo único que nos queda para volver a ese momento y volver a sentir lo que sentimos ese día”.

En su trabajo con músicos, Oscar se aproxima desde las particularidades. Le interesa aquello que el público no siempre alcanza a ver: la tensión de una mano, el gesto del intérprete, el sudor, el instrumento, el segundo exacto en que la música parece atravesar el cuerpo. “Me gusta ir al detalle como mismo hacen ellos para llevarnos notas perfectas”, afirma. La fotografía intenta acercarse a esa precisión. Mientras la música sucede y desaparece, la cámara detiene una parte de su intensidad.

Con bailarines y actores, el reto cambia. El movimiento vuelve más difícil capturar la imagen deseada. “Siempre están en movimiento y es difícil tomar la fotografía que realmente uno quiere”, comenta. Por eso se apoya en las expresiones corporales y en lo que ellos intentan transmitir al público. Aquí la fotografía entra en diálogo con artes que ya trabajan con el cuerpo como lenguaje. El fotógrafo debe anticipar, esperar, decidir rápido. El instante correcto no permanece.

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Esa búsqueda confirma su afinidad con la fotografía documental y callejera. Oscar se reconoce en esos territorios porque le permiten trabajar con más libertad. “Es donde siento que puedo irme más allá de reglas establecidas de lo que sería la fotografía perfecta”, afirma. No le interesa una perfección entendida como limpieza o control absoluto. Prefiere una imagen viva, capaz de conservar la tensión de lo real, incluso cuando eso implique aceptar sombras duras, encuadres arriesgados o gestos incompletos.

Esa postura se nota también en su forma de decidir cuándo una imagen está terminada. Para él, una fotografía funciona cuando logra transmitir visualmente lo que quería y no necesita otra más. “Ya sobrecargaría visualmente la esencia del mensaje”, dice.

La exposición bipersonal A ojos cerrados, realizada junto a su colega y amiga Adelina Rodríguez, ocupa un lugar especial en su trayectoria. Oscar la recuerda como “la experiencia más linda” que ha tenido hasta ahora como fotógrafo. El proyecto reunió fotografía y pintura desde una misma línea de trabajo: cuerpos, rostros, detalles. El diálogo entre ambos lenguajes permitió buscar una armonía visual entre las piezas, sin que una disciplina quedara subordinada a la otra.

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Entre sus piezas, La supremacía del amor ocupa un lugar definitivo. Fue la primera obra que expuso y, para él, sigue siendo la de mayor impacto visual y sentimental. En esa relación con la primera pieza aparece algo similar a una marca de origen. No se trata solamente de una fotografía importante dentro de su carrera, sino de una imagen que condensa el comienzo de una confianza: la posibilidad de mostrar lo propio ante otros.

Las fotografías de Oscar Alejandro Flores parecen confirmar aquella advertencia inicial. Tal vez no se le dé bien hablar en el sentido común de la palabra. Tal vez no necesite hacerlo demasiado. Su lenguaje está en otra parte: en el modo en que se acerca a los rostros, en la paciencia para leer una mirada, en la decisión de dejar que la luz real conserve la aspereza del instante, en la confianza de que un gesto puede contener una historia completa.

Hay fotógrafos que persiguen la belleza. Otros persiguen la rareza, la composición perfecta, el golpe visual. Oscar parece buscar algo más silencioso y más difícil: el momento en que una persona deja de ser solo una imagen y empieza a revelar una vida. Por eso sus fotos no hablan alto. Miran de frente. Y en esa mirada, sin demasiadas explicaciones, dicen.

Alionuska Vilche Blanco
Author: Alionuska Vilche Blanco
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Graduada del Curso Nacional de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso. Poeta y defensora del arte como herramienta para comprender y transformar el mundo.

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