Desplegándose
- Por Isabel Hechavarría Hernández
- Hits: 662

El arte emergente tiene un problema con su propio nombre. Parece hablar de algo que apenas asoma, como si todavía debiera demostrar que merece quedarse. También suele confundirse con juventud, novedad o experimento. Pero emerger no es una estética. Es encontrarse en ese momento en que una obra comienza a circular, una voz empieza a reconocerse y todavía no existe alrededor de ella todo el aparato de exposiciones, publicaciones y legitimaciones que más tarde puede convertir un nombre en trayectoria.
En ese territorio se inscribe Unfolding=Despliegue, una muestra que acompaña la VII Jornada de Teoría y Crítica de Artes Visuales y que pone el foco, precisamente, en esas voces que todavía están construyendo su lugar. La colectiva reúne a Yojany González Martínez, Amanda Velázquez, Lorena V.F., Harold Peña Fernández, Cristhian Escalona Herrera y Katerin Machim Malcolm. Entre óleo, xilografía, técnica mixta, sábanas e impresión backlight, cada uno explora lenguajes y preocupaciones distintas.
Ahí está una de las mayores honestidades de la muestra: no presenta una generación que ya encontró su voz, sino una que todavía la está buscando.

Un corazón rojo permanece encendido sobre una habitación oscura. Debajo, una muchacha con alas demasiado grandes para aquel cuarto descansa sobre la cama. En una esquina espera un código QR.
Harold Peña Fernández tituló la pieza Cuando nadie mira existo? y conviene conservar incluso esa formulación exacta porque así decidió escribirla el autor. La pregunta resulta extraña por una razón sencilla: solo podemos leerla mientras estamos mirando.
En este óleo sobre lienzo de 100 por 150 centímetros, la pintura y la interfaz digital comparten un campo pictórico sin intentar ocultar que pertenecen a lenguajes distintos. La mujer, las alas y la cama se construyen mediante volumen, gradaciones y una factura relativamente tradicional. El QR y el pequeño corazón de notificación son planos, duros, instantáneamente reconocibles.
La pintura exige tiempo, el ícono apenas un segundo. Entre ambos permanece el cuerpo. Las alas prometen movimiento y, sin embargo, la figura no vuela. La cama debería pertenecer al territorio de lo íntimo, pero el código y la notificación introducen una mirada exterior. Incluso allí parece necesaria alguna confirmación de que alguien ha visto.
El pequeño corazón rojo tiene además un peso visual desproporcionado respecto de su tamaño. En medio de grises, ocres y marrones funciona casi como una fuente de luz. El halo ha sido sustituido por una notificación. Y quizá la pregunta de Harold no sea únicamente si existimos cuando nadie mira, sino qué ocurre cuando comenzamos a necesitar pruebas externas de esa existencia.

Lorena V.F. trabaja desde el extremo contrario.
En Bienaventuranza, técnica mixta sobre papel, casi todo tiene la claridad de un signo. Una mujer ocupa frontalmente el centro. Dos enormes flores rojas crecen a sus lados y contienen corazones anatómicos dotados de ojos y bocas, atravesados por cuchillos. De los ojos de la figura descienden dos grandes zonas rojas. Sobre el pecho puede leerse FORTUNA.
La composición es marcadamente simétrica. La línea negra delimita cada forma y el cromatismo de alta saturación acerca la imagen al cartel, la ilustración y al repertorio del tatuaje tradicional y neotradicional.
Pero esa estabilidad visual encierra una violencia difícil de ignorar: mientras el título promete bienaventuranza y la palabra FORTUNA parece anunciar suerte, los corazones aparecen atravesados por cuchillos. El dolor, lejos de quebrar el equilibrio de la composición, queda incorporado a él y termina formando parte de la propia simetría.
La obra se vuelve interesante en esa contradicción. Lorena continúa esa exploración desde otros registros en piezas como Sagrada, Lo bello es doloroso, Mordida y Currículum Vitae, obras que permiten advertir una preocupación sostenida por el cuerpo, su representación y los signos que se acumulan sobre él.

Cristhian Escalona Herrera lleva el problema hacia la propia construcción de aquello que vemos.
Sobre cómo se construye la imagen (I have a dream) ocupa 240 por 150 centímetros. La escala monumental debería facilitar la visión. Sucede lo contrario. Fotografías de personas, objetos y espacios permanecen bajo enormes zonas de azul, verde, magenta y gris. Sabemos que existen imágenes debajo, pero acceder a ellas por completo resulta difícil. La composición se parte en grandes franjas y dos cuerpos verticales cuya unión permanece visible.
Aquí importa explicar la técnica. Cristhian trabaja mediante impresión backlight, un procedimiento destinado a producir imágenes capaces de trabajar con iluminación posterior y muy relacionado con soportes de comunicación gráfica y publicidad. La elección resulta especialmente pertinente: una técnica concebida para hacer una imagen visible y llamativa se utiliza precisamente para entorpecer su lectura.
La obra expone así operaciones que normalmente olvidamos cuando confiamos en una fotografía: alguien seleccionó, recortó, amplió, coloreó y decidió cuánto de la escena iba a permanecer disponible. Construir una imagen también significa establecer sus límites.

Yojany González Martínez vuelve al óleo y al retrato. Su S/T, de 155 por 100 centímetros, fue la pieza que más tiempo consiguió retenerme. La muchacha sentada es su hermana. Sonríe con las manos descansando una sobre otra, lleva una camiseta a rayas y el cabello largo cae a ambos lados del torso. No existe una gran narración detrás de la escena ni símbolos esperando interpretación.
De lejos hay un retrato; tenemos que acercarnos. Entonces la mejilla deja de ser únicamente mejilla. Aparecen crestas de óleo, pequeños arrastres, acumulaciones y cambios en la dirección del pincel. Los dientes conservan irregularidades, el rostro no ha sido alisado y las manos se construyen mediante masas de pigmento que mantienen su relieve. Yojany no pinta a su hermana hasta hacer desaparecer el óleo; deja que la pintura permanezca visible para que ella aparezca con toda su singularidad.

Junto a este retrato, Yojany presenta también Petrícor, tríptico en técnica mixta de grandes dimensiones, otra dirección dentro de una práctica que parece no querer reducirse todavía a un solo registro. Y quizá no deba hacerlo.
Hablar de arte emergente no supone reunir autores bajo una estética común, sino atender a creadores que todavía construyen y buscan reconocimiento para una trayectoria. Emerger implica también encontrar espacios donde esa búsqueda pueda ser vista y discutida.
En ese sentido, dedicar la VII Jornada de Teoría y Crítica de Artes Visuales al arte emergente constituye uno de sus gestos más valiosos. No se trata únicamente de ceder una pared, sino de incorporar estas obras a la discusión, señalar aciertos, debilidades y tomarlas suficientemente en serio como para no reducir a sus autores al elogio de “jóvenes promesas”. La dirección general de Yuricel Moreno Zaldívar, la curaduría y las palabras al catálogo de Roxana La Ó Sánchez, junto al trabajo de divulgación, diseño y montaje de Unfolding=Despliegue, hacen posible precisamente ese espacio de visibilidad.
Eso no obliga a considerar todas las piezas igualmente resueltas. El arte emergente no necesita indulgencia, sino oportunidad y crítica. La heterogeneidad de la muestra corre por momentos el riesgo de parecer una reunión de individualidades más que un discurso colectivo, pero exigirle una voz generacional homogénea sería contradecir su propio título. Desplegarse es probar, cambiar, equivocarse y comenzar otra vez. Quizá ahí radique el valor de mirar a estos artistas ahora: cuando todavía no sabemos en qué se convertirán, pero sus obras ya merecen que alguien se detenga ante ellas.
