Una pista para la felicidad
- Por Isabel Hechavarría Hernández
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La Bolera amaneció distinta. Parecía que las luces de las máquinas brillaban con más fuerza y que el eco habitual del salón se había preparado para recibir otra clase de ruidito. Desde la entrada se respiraba una alegría limpia. Poco a poco fueron entrando los niños, acompañados por sus profesoras. Algunos miraban cada rincón con curiosidad; otros descubrían desde lejos los carritos, las motos y los simuladores, como quien observa un territorio todavía prohibido. Los mayores fingían cierta calma, aunque la impaciencia se les notaba en los ojos. Los más pequeños apenas podían permanecer sentados.
Antes de comenzar, los trabajadores del lugar les dieron la bienvenida. Les agradecieron la presencia y les explicaron que aquella mañana la sala era suya: podrían jugar gratuitamente, disfrutar de las atracciones y, en el caso de los mayores, probar suerte en las pistas de bolos. La instalación había cerrado al público para regalarles una experiencia completa, sin prisas ni interrupciones.

Sin embargo, la aventura comenzó lejos de los botones luminosos y las máquinas. Frente a las sillas apareció el proyecto AbraKdabra.
Los payasos entraron con sus sombreros de colores, sus rostros pintados y esa manera de caminar que anuncia el desastre antes de que ocurra. Bastaron unos minutos para que las primeras carcajadas rebotaran contra las paredes. Una broma encontraba otra, un gesto exagerado provocaba una risotada y, de pronto, nadie parecía recordar la timidez con la que había llegado. Los adultos también reían. Algunos sostenían el teléfono en alto para guardar la escena. Los niños se inclinaban hacia delante, atentos, como si el menor movimiento pudiera esconder una sorpresa.

Luego apareció el mago Manuel.
En una de sus manos mostró un huevo. Era un objeto sencillo, cotidiano, incapaz de despertar sospechas. Pero lo hizo desaparecer.
Durante unos segundos, el silencio sustituyó a las risas.
Después volvió a aparecer.

Los niños abrieron los ojos, buscaron respuestas en las mangas del mago (que en ese momento llevaba mangas cortas) y en sus manos aparentemente vacías. El huevo desapareció otra vez y regresó de nuevo, desafiando cualquier explicación. Cada aparición provocaba aplausos; cada ausencia, un murmullo de asombro.
Para Manuel, aquella visita tenía la naturalidad de un reencuentro. Desde hacía años, él y los integrantes de AbraKdabra compartían su arte con los niños de las casitas sin amparo familiar, tanto de manera independiente como a través de espacios culturales como el Museo de Historia Natural y la Casa de Cultura.
Le parecía hermoso que La Bolera, pese al costo de sus servicios, abriera sus puertas a quienes también necesitaban conocer la alegría que cabe dentro de un truco, una función o una mañana de juegos.

Cuando terminó el espectáculo, las sillas comenzaron a vaciarse y el salón cambió de ritmo.
Los niños corrieron hacia los equipos recreativos. Unos se subieron al carrusel; otros ocuparon los carritos y los motores. En el simulador Tifón, varios se acomodaron frente a la pantalla y se dejaron arrastrar por la ilusión del movimiento. Los cuerpos se inclinaban, las manos buscaban apoyo y las voces se mezclaban con el sonido de las máquinas.
—Hay que rotarse, para que todos puedan jugar —repetía una de las profesoras.
La frase iba pasando de un grupo a otro como una regla sencilla de convivencia. Al terminar un turno, alguien se levantaba; enseguida otro niño ocupaba su lugar. Hubo miradas impacientes, sí, pero también manos que cedieron controles y asientos. En medio del bullicio llegó la merienda. Fue una pausa breve: vasos, alimentos, conversaciones atropelladas y comentarios sobre el juego favorito. Después, las luces volvieron a llamar a los niños y el salón recuperó su pequeño desorden feliz.

La actividad formó parte de una iniciativa conjunta entre Palmares, las casas de niños sin cuidado parental y varios nuevos actores económicos. Delmer Hechavarría Pino explicó que Servicio Real, Jolgorio & Fórum, SaboR y otros participantes se sumaron a la preparación de la jornada.
“Es un aporte pequeño, pero es nuestra forma de contribuir al desarrollo cultural de estos niños, que necesitan tener espacios de felicidad en sus vidas”, expresó.
Aquella contribución podía medirse en horas, meriendas o turnos de juego, pero también en algo menos visible: la posibilidad de que un niño sin cuidado parental entrara en un lugar pensado para la diversión y sintiera que también le pertenecía.

Anamaris Lewis Vives, subdirectora de Operaciones, explicó que la jornada inauguraba una nueva etapa del programa Mi barrio por Palmares, una iniciativa destinada a acercar la empresa a la comunidad y a fortalecer su labor social. Durante años, muchas de estas acciones habían estado vinculadas a centros oncológicos. Ahora, Palmares pretendía ampliar su alcance y abrir sus instalaciones a otros grupos, comenzando por los niños y adolescentes sin cuidado parental.
La intención, afirmó, era permitirles disfrutar de los mismos servicios recreativos y gastronómicos a los que acceden otros niños holguineros. El programa también llegaría a escuelas especiales y a menores en situaciones de vulnerabilidad.
Entre los asistentes se encontraban los nueve niños y adolescentes del Hogar número 1: seis hembras y tres varones. Su directora, Sandra Diéguez Ortiz, agradeció la acogida y habló de aquel día como una ruptura necesaria dentro de la rutina.

“Para nosotros es un placer enorme ser recibidos en esta institución, donde nuestros niños y adolescentes pueden tener un día diferente”, dijo.
Los payasos y el mago no eran desconocidos para ellos. Desde hacía varios años visitaban la casa, llevándoles sus bromas, sus trucos y su compañía. Verlos nuevamente, esta vez en La Bolera, tenía el sabor de los encuentros que se repiten porque han logrado sembrar afecto. Sandra agradeció la organización, la atención y la dedicación de los trabajadores. También recordó una promesa pronunciada durante la actividad: aquella no sería la única vez.
Al final, todos se reunieron para la fotografía. Niños, adolescentes, profesoras, artistas, trabajadores y organizadores buscaron un espacio frente a la cámara. Los más pequeños quedaron delante; algunos mayores se inclinaron para no esconder a nadie. Los payasos conservaron sus narices rojas y sus sonrisas pintadas.
Durante un instante, el salón quedó quieto.
Entonces ocurrió el destello.

La fotografía guardó los rostros, pero no pudo contenerlo todo. Afuera quedaron el sonido de las carcajadas, el asombro frente al huevo que desaparecía, el roce de los zapatos contra el piso, la profesora organizando los turnos y el zumbido de unas máquinas que aquel día parecieron fabricadas únicamente para ellos.
Después de la foto, algunos regresaron a los juegos. Un niño tomó el volante de un camión rojo y sonrió como si acabara de recibir las llaves de una ciudad. Otros se acomodaron frente al Tifón, dispuestos a viajar sin moverse del salón.
La Bolera volvió a llenarse de ruido.
Pero ya no era solamente el ruido de las máquinas.
Era la vida celebrándose en pequeño: una mano levantada, un truco de magia, un turno compartido, una risa que encontraba otra risa y crecía hasta tocar las paredes. Durante unas horas, la alegría tuvo techo, luces y pista propia. Y allí, encontró un lugar donde quedarse.
