Abdala es más que un poema
- Por Isabel Hechavarría Hernández / Estudiante de Periodismo
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La noche del 22 de enero de 1869, La Habana estaba llena. El Teatro Villanueva tenía las puertas abiertas y el público ocupaba casi todas las localidades. Desde la calle se colaban risas, fragmentos de música, el murmullo típico de una función popular. Dentro, la obra avanzaba entre aplausos; afuera, varios grupos de Voluntarios españoles permanecían apostados, apoyados en los fusiles observando.
Durante la función se escucharon vivas. Algunos dirigidos a la escena, otros más difíciles de separar del clima político que ya envolvía a la ciudad. Testimonios de la época mencionan consignas lanzadas desde el público. En pocos minutos, el ruido teatral se confundió con disparos. La gente corrió hacia las salidas. Hubo heridos y muertos.
El teatro fue clausurado por orden militar esa misma noche. En los días siguientes, las autoridades reforzaron la vigilancia y la prensa habló de restablecer el orden. Desde entonces, el aplauso dejó de ser espontáneo y empezó a medirse. La ciudad ajustó el paso. Se habló más bajo y leyó con cuidado.
Ese mismo enero, a pocas calles del Villanueva, un adolescente escribía. Tenía quince años y ya conocía el peso de la vigilancia. Había visto cerrar publicaciones, detener a su maestro, había aprendido que la palabra impresa no era un gesto inocente. En ese clima, se hablaba de libertad de imprenta, pero todos sabían que el castigo podía llegar después. Por eso se imprimía rápido. Por eso los textos circulaban doblados en cuatro, pasados de mano en mano, leídos en voz baja.
En la urgencia de las imprentas de la ciudad, la tinta todavía fresca solía manchar los dedos al doblar los pliegos. No había tiempo para correcciones largas. El papel se repartía casi de inmediato. Así circulaban esas hojas. Así salió La Patria Libre. Así apareció Abdala, precedido por una frase breve y precisa: “Escrito especialmente para la Patria”. No era un adorno. Era una toma de posición.
El poema no hablaba de Cuba. Hablaba de Nubia.
Un reino lejano. Una guerra antigua. Un joven que debía partir y una madre que intentaba detenerlo. La escena central no era la batalla, sino la discusión previa. Espírita no suplica por debilidad, sino por amor. Abdala no responde con ligereza, sino con una idea que atraviesa todo el texto: la Patria no es un refugio sentimental, es una obligación moral.
La primera vez que leí Abdala no entendí nada, o eso creí. Pensé que era otro texto distante, lleno de palabras grandes, de héroes muertos y patrias abstractas. Nubia, lanzas, sangre. Todo sonaba viejo. Demasiado épico para una lectura rápida.
Pero hay frases que esperan. No envejecen. Solo se esconden.
Leído desde su contexto, Abdala deja de ser una pieza épica distante. Se revela como una alegoría consciente y calculada. El lector de 1869 entendía a quién aludía Nubia y qué significaba ese discurso pronunciado por un joven dispuesto a asumir las consecuencias de sus ideas.
No mucho después, en octubre de ese mismo año, el autor sería arrestado acusado de infidencia. En marzo de 1870 sería condenado a trabajos forzados. Para entonces, el margen de escritura se había estrechado casi por completo. Pero en Abdala ya estaba dicho.
A veces pienso que Abdala no es un poema sobre morir por la Patria, sino sobre vivir con ella a cuestas. Con el conflicto. Con la contradicción. Con ese amor que no se parece al amor fácil.
Por eso, Abdala no fue solo literatura. Fue una definición temprana. Una forma de entender que la Patria no se invoca, se asume. Es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca. Así lo escribió nuestro Martí.
