Martí acampa con holguineros

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marti travesíaFoto: Del autor

Corre el año 1895. A Martí se le ve flaco, un poco ojeroso por los días intensos que preceden a su desembarco, junto a Máximo Gómez y un grupo de expedicionarios por Playitas de Cajobabo. Aunque ya se le acumulaba el cansancio desde antes de remar hasta la costa, Gómez recoge en su diario la admiración de la tropa por la resistencia de Martí, que a pesar de no estar acostumbrado a la rudeza de la manigua, no le acompañan "flojeras de ninguna especie".

El día 9 se encuentra con holguineros en Altagracia, de los que refiere, en carta a Carmen Miyares, encontrar un gran cariño.

Los máximos líderes de la guerra toman café en jarrito junto a un grupo de holguineros que les escuchan apasionados, de seguro, hablar sobre la ruta más cercana para que Cuba sea libre e independiente.

Venía crecido el río Cauto, con su curso ancho en lo hondo. Y Martí, a quien la tierra en guerra no le arrancó nunca la poesía, escribió en su diario que la imagen virgen de este lugar le hacía pensar en "las pasiones bajas y feroces del hombre".

Aquí supo Martí que al capitán Pacheco unos cubanos le habían maltratado su casa, le habían roto el burén y que, para colmo, de entre esos cubanos había gente que, sin hacer nada por Cuba, recibía más honra que aquellos que estaban entregando el alma en la pelea. Pacheco, según describe el Apóstol, venía con las pantorrillas desnudas, con el pantalón sobre la rodilla y los zapatos acordonados con un yarey... pero dice que no había venido a aspirar, sino a servir a la Patria.

Martí repite varias veces esta expresión en las notas que deja en su diario, como asomando para las nuevas generaciones un adagio, el golpe de ajustar el corazón para los que se acerquen a la ofrenda del servicio público con otra motivación que no sea la del bien redondo de Cuba. Eso ha de ser lo más importante: el bien redondo y común, el de todos, para que la patria sea honor y felicidad para todos.

Martí apunta cómo en este sitio Máximo Gómez, tan cubano como todo el que se acerque a nuestra isla a defenderla, daba vueltas a su jarrito con café recién preparado mientras lamentaba los hechos ocurridos con Vicente García, que había, según entendía el general, contribuido al retroceso de la independencia.

La guerra era necesaria. Así lo reconocía ese grupo de hombres y mujeres que remendaron la bandera Patria para levantarla sobre un asta clavada a la montura del combate. Pero había demasiadas contradicciones entre los que peleaban por la libertad. Gómez y Martí, incluso ya habían pasado su mal rato. Pero entendieron que estar dolidos y molestos el uno con el otro no les haría ganar contra los invasores, y reunieron los poderes de la guerra y del intelecto porque a Cuba no le hacía falta contiendas entre los que la aman, sino unidad para hacer posible sus flores y sus frutos.

Aquí, en Travesía, aquellos días de mayo esos dos hombres de edades distantes tomaban café en jarrito y hablaban, en perfecto equilibrio, de cómo había que amarse a Cuba y defenderla.

Y esto es, ¡ha de ser!, una lección para nosotros, que a veces andamos diciendo que esta o aquella es la manera de "echar pa'lante" a Cuba cuando ya Cuba se nos adelantó y anda esperando a que dejemos de discutir los unos con los otros y trabajemos unidos para alcanzar el éxito.

Se cumplen 131 años de que el cubano más universal, José Martí, acampó más vivo que nunca aquí, en nuestra tierra de Holguín, con el pecho hinchado de sano orgullo porque se sabía útil a la causa noble y justa de la libertad. 


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