Nuestro General de Ejército
- Por Liban Fernando Espinosa Hechavarría
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Fotos: Estudios Revolución
La mañana del 13 de agosto de 2025 amaneció en Birán con esa luz tamizada del trópico que se cuela entre los cañaverales como un presagio tibio. La finca de los Castro Ruz, ese caserón de madera noble sostenido sobre pilotes de Caguairán que desafía el paso de los años, abría sus puertas al peregrinaje. El techo de tejas francesas, enrojecido por el sol de casi un siglo, resguardaba una ceremonia distinta: no se lloraba una ausencia, sino que se celebraba la terquedad de un espíritu. Las buganvilias trepaban por los aleros con ese descaro magenta que solo se da en el oriente cubano, y el viento arrastraba un olor dulzón a mango maduro mezclado con el polvo rojizo del camino que conduce al batey.
Faltaban pocos minutos para las siete de la mañana cuando el General de Ejército Raúl Castro Ruz, con 94 años, se incorporó al acto. Apareció por el costado izquierdo del estrado. Caminaba con el paso pausado, pero firme de quien ha recorrido senderos más escarpados que los de la histórica finca de Cueto, donde vivieron su niñez y adolescencia.

No necesitaba bastón para caminar, su verdadero sostén no era de madera: era el grado más alto de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, ganado en cada combate, cosido en cada estrella que llevaba sobre los hombros con la modestia de quien prefiere la acción al título. Porque la grandeza de Raúl Castro Ruz no reside en artificios ni en apoyos pasajeros. Reside en una solidez fundada en la coherencia, en la disciplina del que mandó obedeciendo a la Patria, en la mirada de quien supo retirarse a tiempo para dar paso a los nuevos tiempos sin aferrarse al poder. Ese es el verdadero liderazgo, el que no necesita bastones ni cetros, el que camina erguido, aunque el cuerpo pida reposo, el que sigue siendo General de Ejército.
La historia de los hermanos de sangre y lucha, fundada en una lealtad que precedió a cualquier título o cargo, resplandecía aquella mañana como un faro silencioso. Porque no se trataba solo del linaje compartido en el caserón de madera noble, sino de un acompañamiento forjado. Juntos habían cargado fusiles en la Sierra Maestra, compartiendo el rancho escaso y la humedad que carcomía los huesos. Juntos habían construido, desde la certeza de que otro mundo era posible, el andamiaje de una Revolución que desafiaba imperios y geografías. Raúl no era solo el hermano menor: era el cómplice, el escudero, la mano derecha que nunca dudó cuando la izquierda señalaba el camino.

Esa certeza, esa convicción profunda que había conducido a los cubanos a través de las décadas más difíciles de su historia, se respiraba en el ambiente como una sustancia palpable. No era solo la celebración y la ratificación de la confianza firme en nuestros líderes, sino la ratificación de la seguridad de que existía una brújula moral, forjada en el sacrificio compartido, que señalaba siempre hacia la dignidad. Los cubanos habían aprendido a caminar en la oscuridad porque aquellos hermanos, primero en la clandestinidad y después en el poder, nunca dejaron de alumbrar el sendero con el ejemplo. En cada responsabilidad asumida —desde el campesino que cuidaba una parcela hasta el soldado que vigilaba una costa, desde el maestro que alfabetizaba en la montaña hasta el diplomático que defendía la soberanía en foros distantes— habitaba aquella herencia: la de no rendirse jamás, la de anteponer la Patria a cualquier interés mezquino.
Luego del desarrollo del festejo entre cantos, historias y poesías de niños; un detalle mínimo me golpeó con la fuerza de lo verdadero. Cuando nuestro General de Ejército terminó con un simple movimiento de alzar el puño en señal de victoria, se vivió en ese gesto todo el contenido de la noche del Moncada, los años de prisión en Isla de Pinos, el Granma encallado entre manglares, las heladas del Segundo Frente Oriental cuando la ropa húmeda se pegaba al cuerpo y no había más remedio que seguir andando. También estaba contenido aquel acompañamiento ininterrumpido, el de un hermano que nunca se separó del otro, que caminó siempre medio paso atrás pero con la misma firmeza en el corazón.

Lo observé detenidamente cuando una ráfaga de viento hizo ondear las banderas. Este hombre, pensé, aprendió a vestirse correctamente incluso en la manigua, donde cualquier otro hubiera cedido al descuido. Y esa misma disciplina, esa misma exigencia consigo mismo, había sido el sello del acompañamiento fraterno: Fidel soñaba la estrategia, Raúl la ejecutaba; uno encendía la mecha, el otro cuidaba que no se apagara antes de tiempo.
Después del cierre se escuchó la voz de un locutor con unas palabras de Fidel sobre Birán, sobre aquella infancia compartida entre los hornos de carbón y las caballerías de tierra que Don Ángel administraba con mano dura. Y sonaba esa música que se parece mucho al deber cumplido y resuena en cada cubano que, desde su trinchera cotidiana mantiene viva la herencia de los hermanos: la certeza de que el acompañamiento mutuo, la solidaridad forjada en las circunstancias adversas, es el verdadero legado.
