Donde termina la piel
- Por Redacción ¡ahora!
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Un ojo ocupa casi todo el rostro. Alrededor, el sol cae sobre el agua, una luna permanece despierta y varias líneas de color atraviesan el cielo. En Cíclopea 3, Yaquelin Montes González hace que figura y paisaje dejen de pertenecer a lugares distintos. La mujer no está delante de ese mundo: parece contenerlo.
Esa relación entre lo humano y aquello que lo rodea atraviesa La piel del alma, exposición inaugurada este 8 de septiembre en la Galería Arte Holguín. La figura femenina domina la muestra, aunque pocas veces aparece sometida al retrato tradicional. Las proporciones se modifican, los contornos adquieren libertad y la representación se aleja de cualquier búsqueda estrictamente naturalista.
Montes trabaja desde una figuración expresiva en la que la identidad no depende de la fidelidad anatómica. Sus personajes existen dentro de una lógica propia, atravesados por elementos vegetales, astros, líneas y formas que ensanchan la lectura del cuerpo. Más que reproducir una apariencia, la artista construye estados.

En Desafío, por ejemplo, la frontalidad de la figura establece una relación inmediata con quien observa. Una flor cubre parcialmente uno de los ojos y rompe la simetría de la composición. El elemento vegetal deja entonces de funcionar únicamente como ornamento y adquiere otra presencia dentro de la imagen: interrumpe, oculta, modifica.
La mirada posee un peso particular en ese universo visual. Amplia y directa en buena parte de las piezas, funciona como punto de entrada hacia figuras que parecen mantener algo en reserva. Hay cierta tensión entre aquello que se ofrece al espectador y aquello que permanece inaccesible, como si cada personaje permitiera acercarse solo hasta determinado límite.
Quizás no resulte completamente ajena a esa inclinación hacia la subjetividad la formación de Montes como psicóloga. Sin convertir su pintura en una prolongación directa de la profesión, puede resultar sugerente pensar que su cercanía con el comportamiento humano, las emociones y los procesos interiores dialogue con una obra interesada en lo que una apariencia puede sugerir sin llegar a explicarlo.
En ese sentido, el título de la exposición ofrece también una clave. La piel del alma reúne dos dimensiones que, en principio, pertenecen a territorios diferentes: una visible, física; otra imposible de tocar. Entre ambas se desarrolla buena parte de la propuesta. La superficie del cuerpo deja de ser únicamente límite y comienza a funcionar como espacio donde lo íntimo encuentra una forma posible.

El color participa activamente de esa construcción. Amarillos, fucsias, verdes, naranjas y turquesas aparecen sin responder necesariamente al tono natural de una piel, una flor o un paisaje. Su función parece estar más relacionada con la intensidad que con la semejanza. Los contrastes modifican la percepción de las figuras y aportan a las composiciones un carácter expansivo, por momentos cercano a lo onírico.
También los fondos tienen una función que supera el acompañamiento decorativo. En varias piezas, formas y manchas avanzan hacia los personajes hasta hacer difícil establecer dónde termina uno y comienza el otro. La profundidad tradicional se debilita y el espacio pictórico se organiza mediante superposiciones, relaciones cromáticas y ritmos internos.
De ahí que flores, espirales, estrellas, lunas y formas solares no aparezcan como objetos independientes. Se incorporan a una iconografía que conecta naturaleza, cuerpo y universo. Cada elemento suma asociaciones posibles sin imponer necesariamente una lectura única. Lo espiritual, lo emocional y lo fantástico pueden coexistir dentro de una misma composición.
En Cíclopea 3, esa convivencia alcanza una de sus expresiones más visibles. El paisaje participa directamente en la estructura de la figura y la imagen adquiere una cualidad casi híbrida. No sabemos con exactitud si estamos ante una mujer que contiene un mundo o ante un mundo que ha encontrado forma humana.
La alteración de las proporciones responde a esa misma libertad. Un ojo puede crecer hasta dominar la composición; un cuello prolongarse; una silueta apartarse del canon sin perder capacidad de reconocimiento. La anatomía se convierte así en otro recurso disponible para la expresión y deja de funcionar como una regla que determine la imagen.
Ese desplazamiento permite que cada pieza conserve una familiaridad extraña. Reconocemos cuerpos, gestos, flores, astros y paisajes, pero su combinación modifica continuamente aquello que creemos estar viendo. La exposición se mueve precisamente en esa zona intermedia entre lo identificable y lo simbólico.
Por eso La piel del alma no necesita limitarse a una lectura esotérica. Su imaginario admite esa interpretación, pero también permite acercarse a la muestra desde la identidad, la percepción, la feminidad, el mundo emocional o la propia capacidad de la pintura para transformar una figura reconocible en otra cosa. El recorrido propone, en definitiva, una manera de mirar hacia dentro sin abandonar lo visible. Yaquelin Montes parte del cuerpo, pero no permanece en él. Lo utiliza como punto de encuentro entre materia, emoción e imaginación.
Revelando aquello que, aún estando ahí, nunca termina de mostrarse por completo.
