El Martí que necesitamos
- Por Rodobaldo Martínez Pérez
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La noche del 22 de enero de 1869, La Habana estaba llena. El Teatro Villanueva tenía las puertas abiertas y el público ocupaba casi todas las localidades. Desde la calle se colaban risas, fragmentos de música, el murmullo típico de una función popular. Dentro, la obra avanzaba entre aplausos; afuera, varios grupos de voluntarios españoles permanecían apostados, apoyados en los fusiles observando.
Esa tarde, frente a los primeros escalones de la Loma de la Cruz, imaginé el cañonazo habanero de las nueve en el Castillo de los Tres Reyes del Morro: el estruendo, la sorpresa de los desprevenidos. Pero aquí, en Holguín, no hubo disparo; a nuestro cañón lo tumbaron. Según afirman los vecinos, un grupo de personas en aparente estado de ebriedad lo movió de su lugar durante la madrugada y lo dejó caer escaleras abajo. El ruido fue tal que hubo quien pensó que se acababa el mundo, y no me cabe la duda.
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“Yo era demasiado pequeña y ahora solo soy una sombra de lo que sería si no me hubieran hecho bullying”. Duda, como desde el cariño la llamamos, fue una niña que afrontó de diferentes formas el acoso durante su infancia hasta el día de hoy, que convertida en una adolescente intenta sanar sus heridas para poder vivir.