Celia: un legado de amor infinito
- Por Susana Guerrero Fuentes
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Mucho antes de escalar los montes empinados de la Sierra Maestra y llevar con orgullo el mérito de ser la primera mujer en incorporarse a la guerrilla, ya el nombre de Celia Sánchez Manduley venía acompañado de coraje y sincera nobleza.
Llevaba en su cofre de añoranzas los recuerdos de su Media Luna natal, de Pilón y de Manzanillo. Allí, entre travesuras infantiles, enseñanzas paternas, idealismos de juventud y el quehacer diario, se forjó la martiana, la benefactora, la trabajadora, la revolucionaria…una de esas grandes mujeres que marcó la Historia de Cuba.
A pesar de perder a su madre a muy temprana edad, Celia creció sana y feliz, entre juegos y aventuras de la infancia. En su hogar, recibió una educación libre de dogmatismos y prejuicios. La guía de su padre, junto a los primeros años escolares, constituyeron la base de toda su formación posterior. No solo aprendió Geografía, Historia de Cuba y Educación Cívica, sino que en su día a día se encargó de cultivar con acciones el respeto a la dignidad del hombre, el amor al trabajo, a la cultura, a la Patria y sus tradiciones.
Desde entonces, hizo notar la sensibilidad y ternura que la definirían el resto de su vida. A lo largo de su juventud ayudó a su padre en labores médicas durante los recorridos por los campos circundantes y allí conoció de cerca la pobreza extrema.
Los encantos infantiles resultaban su mayor debilidad y mientras vivía en Pilón era usual verla rodeada de los niños pobres de la zona. Incluso, realizó un censo y ahorraba durante un año para que cada pequeño recibiera al menos un regalo en el Día de Reyes.
Más que amabilidad o benevolencia, el afecto maternal parecía ser un rasgo de su personalidad. Al subir a la Sierra Maestra lo volvió a demostrar, se encargaba de la logística, ayudaba a los campesinos, a las mujeres, a los enfermos y a los niños. Aun en las peores circunstancias, se las ingeniaba para dar comida a las tropas y comprar los insumos necesarios.
Apenas triunfó la Revolución, se encargó con esmero de los niños que habían perdido a sus padres en la guerra, tanto los hijos de los mártires revolucionarios como de los soldados de la tiranía. Se ocupaba de sus necesidades y las de sus familias, de su educación y su futuro. Aunque Celia no tuvo descendencia, de punta a punta de la Isla tenía miles de ahijados, muchos de los cuales la consideraban su segunda madre.
Gran parte de las obras realizadas posterior al triunfo revolucionario llevan tras de sí su iniciativa y conservan su esencia: creatividad, dedicación, atención a los detalles y humanismo. Evitaba las cámaras y las entrevistas, pero nunca apartó su oído ni su mirada del pueblo. Quienes la conocieron, aseguran que escuchaba a todos y mantenía la humildad, sencillez y delicadeza en su trato a los demás.
Este 9 de mayo, cuando conmemoramos el aniversario 106 de su natalicio, se refleja en su imagen el símbolo de millones de mujeres, que se entregan a los demás, cuidan, trabajan, crean y enfrentan los desafíos de cada día con voz serena, manos firmes y amor infinito.
